Salimos
aquella noche mi primo Javi y yo, queríamos vivir el embrujo de la noche
sevillana.
Compartimos
unas cervezas Cruzcampo y unos vinitos, en los locales de moda.
A pesar del
frío las calles estaban llenas de jóvenes como nosotros, desgranando las horas
de una noche mágica llena de luz.
Decidimos en
mitad de la velada, regalarnos los sentidos con un buen tapeo, fuimos a un
restaurante de diseño famoso por su comida de vanguardia.
Nos ubicaron
en una pequeña mesa con decoración
andalusí y una velita en el centro.
Elegimos
varios platillos con nombres muy sugerentes.
Mientras
esperábamos la comida, escuchamos una gran algarabía de risas femeninas, era un
grupo de mujeres todas vestidas de negro, con minifaldas, pantalones
cortísimos, vestidos ajustados y altos tacones, con unas vaporosas boas de
plumas rosas.
Una de ellas
llevaba una gran flor blanca en el ojal.
Celebraban
una despedida de soltera.
-Mira una
futura divorciada-dijo mi primo entre risas.
-Que malo
eres -contesté, dirigiendo al grupo una mirada maliciosa.
-Bienvenida
al club de los divorciados- dije alzando mi copa mientras la miraba.
Ella sonrió
inocente y levantó también su copa.
Cuando nos
trajeron la comida, dejamos de hablar y
nos deleitamos con una exquisita comida gourmet.
Diferentes
tipos de queso fundido, salmón con cebolla caramelizada que se deshacía en la
boca, paté con mermelada de frambuesas, todo ello regado con un Rioja reserva.
Las chicas
de la despedida seguían riendo, con la mesa repleta de voluptuosos dulces,
rellenos de miel y canela.
Los labios
humedecidos, ojos brillantes de excitación dionisíaca y la promesa de una noche
llena de placeres.
Cuando Javi
y yo ya íbamos por la segunda ronda, las chicas se fueron, dejando a su
paso un reguero de plumas rosas y unas
mesas llenas de bocaditos de gloria y chispeante Lambrusco.
Estuvimos
tentados de aprovechar tal derroche de delicias, pero la rápida mano del
camarero, retiró los restos de lo que sería un disfrute para los sentidos,
quizás para disfrutarlas él, en solitario.
Tras rebañar
el último plato, salimos a celebrar la vida con unos Bacardís Reserva.
El rastro de
las chicas podía verse por un camino sembrado de plumas rosadas y un halo de
intenso perfume.
Llegamos a
un local muy caldeado, en el que se lanzaban ardientes miradas como saetas
certeras, directas a lugares políticamente incorrectos.
Una foto de
un adonis semi desnudo apoyado graciosamente sobre una bicicleta, presidía el bar de
copas.
Se celebraba
un cumpleaños, jóvenes de cuida cuidada estética y ojos juguetones, llenaban
una sala saturada de hormonas.
Barbitas
recortadas, pelos engominados, pantalones vaqueros, fulares que caían con gracia
sobre camisas pulcramente planchadas, mostraban una uniformidad falsamente
descuidada, donde no había ni un solo detalle fuera de su sitio.
Celebramos
la vida de nuevo, brindando ahora por el amor.
Después
cambiando de ambiente, nos dirigimos a la zona sin ley, donde todavía se fuma
en los bares y el rock duro se mezcla con una atmósfera irreal, entre los
vaivenes de los que esa noche han perdido el norte y bogan entre mares de
alcohol.
Tras el
sahumerio forzoso salimos a la calle, pero no encontrábamos el coche.
Mi primo me
dejó esperando cerca de una plaza, mientras él lo buscaba.
Todo ocurrió
muy deprisa, me metieron en un coche y ya no recuerdo nada.
Aparecí en
Carmona la mañana siguiente con todas mis pertenencias, no me habían robado
nada.
Había una
gitana a mi lado que con una ramita de laurel, me tomó la mano y me echó la
buenaventura.
-Tú serás la
próxima en casarte- me dijo.
Un
escalofrío recorrió mi espina dorsal, era lo que más temía.
Y dicho
esto, una pluma rosa resbaló de su mano cerrada.

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