Subió
de nuevo al hotel,
sabiendo
que ya no estaría.
Marchó
de madrugada,
dejando
su presencia en cada detalle.
Podía
verla en cualquier rincón.
Todavía
su perfume impregnaba el aire,
y
restos de carmín, quedaron en su copa,
signos
inequívocos, de la veracidad del encuentro.
Solo
compartieron una noche,
pero
sus almas quedaron ligadas,
como
si el espíritu fuera más sabio que la palabra,
y
no entendiera de lógicas mundanas.
Sabía
que no era libre,
pero
no por ello la amó menos.
Aquella
magia que los unió una noche,
terminó
por separarles.
Pero
no por ello dejó de soñarla,
pero
no por ello dejó de amarla,
en
la fuerza de un sentimiento,
que
no se puede encerrar.

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