Fuera en la calle llueve,
el cielo plomizo llora,
pero no son lágrimas de pena,
sino de esperanza.
Son suaves, tal vez frías,
pero limpian y abrillantan
corazones desgastados,
por la crudeza de los años.
Terreno fértil convertido ahora en cenizas,
arrasado y agotado,
en su negra superficie.
Pero oculta un limo fecundo, un tesoro
que poco a poco irá aflorando, con las gotas de una lluvia
que lo ha ido regando, con los colores del otoño.
Su semilla quiere brotar de nuevo
y sueña con dar un tierno fruto
dulce e intenso, limpio y regenerado,
que ya habrá madurado,
en la próxima estación.

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