Laura se encontraba en el mercado, era un zoco de enormes
dimensiones, donde había puestos por doquier y la mercancía expuesta parecía
casi ilimitada.
Los olores a especias resultaban casi mareantes, a la par de
sugerentes, el clavo, cardamomo y nuez moscada, eran los predominantes, también
los más penetrantes.
Notó una mano en su nalga, siguió su camino sin dar ninguna
importancia a éste hecho, ya que en Turquía debía ser algo natural, a juzgar
por el número de veces que ya le había ocurrido.
Aspiró fuertemente el olor de la libertad, sola, a miles de
kilómetros de su casa, en un país desconocido, con un idioma que no hablaba,
poblado de hombres de mirada ardiente y todo era tan exótico…
Se acercó a un tenderete, donde la plata brillaba bajo el reflejo del
neón de un café cercano. Era espectacular ver tanto metal junto, brazaletes
tallados, pulseras labradas con filigrana, anillos de piedras azules,
pendientes engarzados con el ojo turco, broches multicolores, cadenas de todos
los grosores…
Comenzó a probarse pendientes, finalmente eligió unos con turquesas,
largos, parecían pequeñas lámparas orientales.
Alzó la vista al espejo de
bronce colgado, para probarse los pendientes, se quedó sorprendida al ver
reflejados también unos enormes ojos almendrados de un negro azabache, que la
miraban fijamente y tan intensamente, que parecían desnudarla. Laura sintió
violada su intimidad, las veinte veces que había sido tocada “fortuitamente” en
el zoco, no eran nada si se comparaban con el escrutinio de esos ojos que
parecían abismos .
Con manos nerviosas se quitó los pendientes y sacó dinero de su
cartera sin preguntar ni tan siquiera el precio, se sentía tan vulnerable, que
solo quería irse lo más rápidamente posible. Depositó un billete de cincuenta
euros, más que suficiente pensó, en la mano del turco, sin volver a levantar la
mirada. El roce del billete con la mano de él le produjo un latido, en un lugar
secreto de su anatomía.
Salió literalmente corriendo de allí, con los pendientes en la mano
así sin más, sin ningún envoltorio. Entonces un policía que la vio corriendo le
preguntó si tenía algún problema, al verla con los pendientes en la mano pensó
que los había robado y la hizo volver al puesto, para preguntar al dependiente.
Laura trató de explicarle por enésima vez que había pagado los pendientes,
Hassan, que así se llamaba el platero, corroboró lo que ella dijo y además le
dio treinta euros de vuelta, con una irónica sonrisa.
Ella enrojeció y dándole las gracias e ignorando al policía que se
deshacía en mil perdones, se dirigió al café más próximo, necesitaba tomarse
una tila. Se sentó al lado de un gran ventanal que ofrecía una magnífica vista
del zoco. Pidió una tila doble, se la sirvieron en un bello vaso decorado con
caracteres árabes dorados, tomó la cucharilla y se sirvió dos cucharadas de
azúcar, cuando empezó a sentirse más reconfortada, casi se atraganta al notar
una mano que se posaba en su hombro. Giró la cabeza y vio a Hassan detrás de
ella, con su sonrisa de luna llena.
La tomó del brazo e introdujo en su muñeca una preciosa pulsera, con
un gran ojo turco en el centro, para combatir el mal de ojo, dijo en un
perfecto castellano. Laura se sorprendió al oírle hablar su idioma, él le dijo
que su madre era española y su padre turco.
Se sentó a su lado y pasaron la tarde hablando de mil cosas, ella se
sentía feliz, colmada. Cuando se quisieron dar cuenta, el café cerraba sus
puertas y él la invitó a seguir la tertulia en su casa. Laura aceptó, por fin
sabría si Gala exageraba en su famoso libro “La pasión turca”, o si por el
contrario era verdad todo lo que se decía, sobre la legendaria fogosidad de los
hombres turcos. Cruzaron el zoco ahora desierto, adentrándose en un laberinto
de callejuelas llenas de basura, Hassan la llevaba cogida de la mano, una mano
rugosa un tanto áspera, pero caliente y fuerte.
Que aventura, la media luna brilla en el cielo y riela sobre el
Bósforo, iba de la mano de un turco de ojos infinitos.
probaré las famosas “delicias
turcas”, soy libre y esta noche voy a gozar como nunca en un palacio oriental.
pensó radiante de felicidad.
Llegaron a un barrio surcado de ratas y desperdicios, el agua estancada
del suelo hacía que una nube de insectos flotasen sobre ella, los gatos
buscaban comida entre montañas de excrementos, el olor era casi insoportable.
Lejos de desanimarse, Laura se agarró más fuerte de la mano de su turco. Se
pararon ante la puerta de un edificio ruinoso. entraron subiendo por una
angosta escalera que parecía la de un minarete, surcada de suciedad. En la
escalera no había luz y a punto estuvo de caerse varias veces, pero Hassan la
agarraba con fuerza.
Ella iba delante y notaba un
bulto tranquilizador detrás, soñaba con el momento de desenvolver su verdadero
regalo.
Atravesaron una puerta y entraron en una pequeña sala con una
alfombra raída como único mobiliario. Le dijo que esperase allí, mientras aguardaba,
oyó el llanto de un bebé, después oyó una discusión de una mujer y él en turco.
Al cabo de un momento salió una mujer de la habitación, toda
despeinada, con tres niños pequeños, la miró con odio y con los ojos llenos de
lágrimas. Hassan salió y casi la empujó hacia la misma habitación de donde
había salido la mujer con los niños. En ésta, solo había una gran cama con
sábanas arrugadas, todavía calientes y un lavabo.
Como única decoración fotos de Hassan con los niños y la mujer que
había visto antes.
No podía dar crédito, estaba
casado y tenía hijos. Era capaz de mandar fuera a su familia para yacer con
ella en la misma cama donde dormían ellos.
Como si fuese la cosa más
normal del mundo se acercó para besarla y ella se apartó.
Le dijo que nunca se acostaría
con un hombre casado y él le contestó que no había ningún problema, que él se
podía casar hasta con cuatro mujeres, según su religión.
Laura le contestó furiosa que le daba igual pero que se marchaba,
recordando las lágrimas de impotencia de su esposa.
Hassan se puso delante de la puerta impidiéndole el paso, toda la
magia inicial había desaparecido como por ensalmo.
La empujó tirándola a la cama, mientras trataba de quitarle la ropa,
entonces aprovechando el tamaño del brazalete que le regaló y su grosor, le
golpeó con fuerza en la cara, ojo contra ojo, realmente me está ayudando a
alejar las malas influencias de mí, pensó mientras casi se mataba bajando la
escalera sin luz. En su carrera metió el pie en un charco de agua sucia, pero
no se detuvo, Hassan corría tras ella lanzándole todo tipo de obscenidades.
Cuando se dio cuenta de que se había perdido entre las angostas
callejuelas lloró, el príncipe oriental se había convertido en un demonio de
las mil y una noches.
Entonces decidió meterse en un
espacio oscuro, una especie de escondrijo hueco, que se abría en una pared
cercana. Allí aguardó con el corazón palpitante de miedo. Oyó los pasos de
Hassan que se perdían en la noche y la llamada a la oración de las cinco de la
madrugada, que la distrajo momentáneamente. Cuando se creyó segura salió, cruzándose
con un grupo de fieles que la miraron extrañados, camino de la mezquita.
Laura caminó sin rumbo hasta que encontró un taxi que la llevó a su
hotel.
Lo peor había pasado, o eso creía ella.
Cuando fue a pagar al taxista se dio cuenta de que no llevaba el
monedero, Hassan se lo había cogido posiblemente, cuando fue al baño en el
café.
El taxista quería cobrar, por lo que bloqueó los seguros del taxi y
se puso encima de ella, pero por suerte apareció un policía que la salvó, era el mismo del zoco y la instó a que no se
metiese en más líos.
Cuando finalmente llegó a su habitación sintiéndose segura al fin, otro
turco la esperaba dentro, el camarero del hotel.
No se puede escapar al destino y esa noche estaba claro cual sería …


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