Las chicharras anuncian otro caluroso verano,
cantan y me recuerdan otros veranos de mi infancia,
tiempos felices y despreocupados en familia.
Cae la noche en el parque suave, callada,
al abrigo de un árbol cierro los ojos y vuelvo a ser pequeña
saltando al paso de los aspersores, que salpican chispeantes, con su alegría.
Abro los ojos y veo una fuente cuyo caudal no se detiene
como el tiempo de mi niñez
que permanece suspendido entre el tiempo y el espacio.
Sigo siendo la misma,
alma cándida que aún confía en la bondad del ser humano
y en la Unidad del Ser en libertad.
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