Toda la magia se rompió,
se quebró como un vaso que se
cae y se hace añicos.
Asimismo mis ilusiones se
hicieron pedacitos,
tan pequeños eran éstos,
que aún los estoy recogiendo.
La mirada en el suelo,
con un corazón de fuego,
que no se somete.
-El choque fue frontal-
Dime amor,
¿dónde te has ocultado?
¿Por qué disfrutas en engañarme?
He perdido ya la cuenta,
de tus innumerables máscaras.
El teatro de la vida,
sigue su marcha,
deambulando por el mundo,
hace reír.
Muchos años ya,
de incesante búsqueda
espiritual,
de innumerables batacazos,
de infatigables hachazos.
¡Oh corazón mío!
¡No se como te sostienes aún!
Levantarse y caer,
caer y levantarse,
mis piernas aún son fuertes,
y pueden aguantar el peso de
más desilusiones,
el recorrido de muchos más
caminos,
el polvo de otras tierras.
-Estelas en la mar-
No se muy bien cual será el final,
o si alcanzaré algún día,
la plenitud del alma, en mis
sentimientos,
la embriaguez de los
sentidos,
la añorada paz,
y la simultaneidad de lo
correspondido.
Ciertamente, no pienso
conformarme
con cualquier cosa,
necesito todo o nada.
Una borrachera del sentir,
que no fulmine el día,
que no acabe tras el champán,
que no sea flor marchita,
ni circunstancial,
sino absoluta, total y
arrolladora,
que dure hasta el final de
nuestros días,
porque la individualidad dará
paso a la dualidad,
y después a la multiplicidad,
porque el amor da sus frutos.
Si no lo encuentro,
no quiero nada,
no me conformo con
sucedáneos.
Indómita naturaleza la mía,
que me obliga a seguir
adelante,
a no detenerme,
y solo me permite volver la
vista atrás,
para comprobar que los frutos
de la experiencia
no caducan y sí enseñan.
A prosperar,
a progresar,
a continuar
y sobre todo a no flaquear.
Gracias Dios mío,
por haberme hecho así,
de débil pasta,
pero de fuerte corazón,
que solo aflora cuando estoy
a punto de caer,
me zarandea,
me pelea,
y me sube,
guiándome de nuevo,
en ésa búsqueda infatigable
hacia lo puro,
hacia lo inmutable,
en favor de lo Eterno.

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