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viernes, 11 de septiembre de 2015

NO SIEMPRE EL QUE GUARDA HALLA






Jacinto se despidió de sus padres, con su bolsa de deportes colgada en bandolera y un bocadillo de chorizo envuelto en papel de periódico, atado con una gomilla. Siempre hay que ahorrar, no hay que gastar en cosas innecesarias, parecía escuchar la voz de su padre que no malgastaba ni un céntimo, de hecho no le llevaba a Madrid porque salía más barato el autobús de línea.
Era una flota de los años ochenta todavía en buen uso según el alcalde de Zarzalejo, aunque según los usuarios dejaba mucho que desear, pero era muy barato el billete.
Se sentó a esperar en la plaza del pueblo la llegada de su autobús.

El reloj de la casa consistorial marcaba la una en punto del mediodía. Solo faltaban quince minutos para la llegada del bus, se sintió muy protegido todo lo que le rodeaba le transmitía tranquilidad y confianza, nada había cambiado desde que era niño; La iglesia con su torre mudéjar donde iban a misa todos los domingos, la confitería “La Campana” con sus deliciosas torrijas y tocinitos de cielo, la fuente de dos caños siempre manando agua fresca, la tienda de costura de doña Aurorita…

Los soportales de la plaza tenían miles de escondrijos.
Allí había pasado de jugar al escondite de niño, a besarse con las mozas al caer la noche en las fiestas del pueblo.

Aún sentía mariposas en el estómago al evocar la imagen de la Cecilia con su sujetador negro de encaje. Le gustaba cambiarse en el local que les dejaban durante las fiestas, se notaba que no vivía en el pueblo, iba solo de vacaciones. Se ponía allí mismo delante de él la camiseta de su peña, era la pura imagen del sueño adolescente .
Ocurrió en la última fiesta del pueblo, ella empezó a coquetear con él, hasta que su temperatura se elevó más y más después de beber el vino peleón, que prepararon en los barreños de plástico de la mantequería de la Inés.
 Después, a altas horas de la madrugada y ya ardiendo, acabaron retozando en las tierras de su tío Miguel.

La bocina del autocar de línea le sacó de sus pensamientos, con paso lento y un tanto acalorado, fue a dejar la maleta subiendo después al autocar con su botella de agua de la fuente y un reproductor de cds todavía en buen uso.

Fue hacia su asiento, número 69, colocó su bocadillo en la rejilla delantera, por supuesto no había mesa reclinable, ni aire acondicionado, solo un cenicero abierto y atascado, lleno de chicles mascados.
¡Vaya  viajecito me espera! Pensó mientras infructuosamente intentaba reclinar su asiento medio oxidado.

El bus se puso en marcha haciendo un ruido infernal, aire caliente entraba por las trampillas de ventilación del techo, que hacían moverse las cortinas de un modo frenético.
Jacinto puso su música, tomó una Biodramina para el mareo y se quedó dormido.
Despertó justo cuando llegó a la Estación Sur de autobuses de Madrid.
Bajó con las piernas entumecidas y el bocadillo de chorizo recalentado.
Cogió su maleta sentándose después en un banco cercano.
Mientras comía el bocadillo buscó la tarjeta donde tenía anotada la dirección de sus tíos, era la primera vez que iba a Madrid.
Nadie había ido a esperarle y se sintió muy pequeño en un espacio tan grande.

Entró en el metro y preguntó a la taquillera, por suerte su destino estaba cerca, calle Caravaca 5, 2º izq, metro Lavapiés.
Cuando llegó, llamó al telefonillo de casa de sus tíos y subió las escaleras que olían a col hervida.


- ¡ Querido sobrino cuánto has crecido!¡Que guapo estás!- dijo su tía Paula mientras lo abrazaba .
-¡Jacinto esa mano!- le dijo su tío Braulio mientras estrechaba con fuerza su mano derecha.
-Ven, pasa y toma agua fresca del botijo y cuéntame que tal está la familia del pueblo, quién se ha casado, si ha habido algún fallecimiento reciente, si alguna moza se quedó preñada.
Su tía parecía una ametralladora haciendo preguntas, resignado echó un trago del botijo y comenzó su monólogo.

Cuando su tío después de hora y media fue a rescatarlo, ya había vaciado el botijo y el plato de perrunillas que Braulio le trajo para endulzar el momento.
Con la tripa llena de manteca y agua, se quedó dormido en el mullido sofá con tapetes de ganchillo.

Mientras, no muy lejos de allí, un matrimonio discutía.


-¡Hay que ahorrar Carmen que siempre te lo digo!¡Si había pan de ayer, no había necesidad de comprar otra barra!-Bramó Leo a su mujer.
-¡Y que hace la luz encendida del pasillo, sabes que hay que tener cuidado que luego llegan las facturas!¿Cómo quieres que podamos tener dinero para disfrutar de nuestra jubilación?
Debemos guardar hasta el último céntimo.
-Sí, Leo ya lo sé perdona-asintió Carmen resignada.

Su marido tenía razón y lo sabía, ya eran mayores de sesenta años,  no quedaba tanto para tener que depender de una pensión, pero también era verdad que hacía más de un año que no iban al cine, ni salían a cenar fuera, tampoco llevaban ningún tipo de vida social.
Cuanto añoraba los viajes, las cañitas en las terrazas, los vermuts del domingo, los sábados de teatro y los viernes con sus conciertos.
Pero todo eso acabó desde que Leo decidió tomar esa política de austeridad, ya solo vivían para el ahorro.

Siempre  los días 31 de mes, todo el dinero que habían logrado juntar lo ponían encima de la mesa, lo contaban y Leo abría el armario de su dormitorio que tenía un doble fondo oculto y dentro guardaban un sobre grande , donde iban atesorando el ahorro mensual.
Cada mes repetían el mismo ceremonial, según el dinero iba aumentando, disminuía la armonía entre ellos.

Esa noche se fueron temprano a la cama, no había nada interesante en la tele y salir a tomar algo estaba descartado.

Carmen despertó a las siete en punto se fue a trabajar a su ministerio, con un sándwich para media mañana y un termo de café , hacía tiempo que ya no salía con sus compañeras a desayunar para ahorrar y desde entonces, notaba su distanciamiento.
A su vez Leo se fue también a su trabajo en un colegio del distrito de Latina, llevaba un litro de leche y un cartón de cereales, se sentaba a desayunar en un parque cercano, también solo.


Jacinto se despertó sobresaltado, había soñado con un matrimonio  mayor discutiendo, le habrían sentado mal las pastas de su tía, demasiada manteca.
Recordó que estaba en casa de sus tíos en Madrid.
Tomó una ducha para despejarse.
A las cinco en punto marchó con su tío a una entrevista de trabajo. Este fue el motivo que le había hecho viajar a Madrid,
un puesto de trabajo de camarero en el espacio gourmet del Corte Inglés de Serrano.

La entrevista fue un éxito y le contrataron, empezaría a trabajar al día siguiente. Por el momento, viviría con sus tíos y así se ahorraría un dinerillo.




-¡Por fin ha llegado el día de mi jubilación! –dijo Carmen
 entrando muy contenta en su casa.
 Hacía dos años que Leo ya se había jubilado y la recibió tumbado en el sofá viendo la tele, sin inmutarse, pese a la alegría que transmitía ella.
-¡Venga Leo un abrazo que por fin vamos a hacer ese viaje con el que tanto soñábamos! Además para celebrarlo me he permitido el lujo de comprar una tarta de fresa y nata helada, tu preferida.
Leo la cortó en seco.
-¡No tenías que haberte gastado tanto dinero Carmen, podías haberla preparado tú misma comprando la base de tarta y las fresas, ahorrando así por lo menos diez euros!- Gritó Leo muy enfadado.

Ella no dijo nada, dejó la tarta en la mesa del salón y se fue a llorar al baño.
Su marido había envejecido de golpe, ya no tenía ilusiones, no había cambiado el chip, había olvidado el fin último para el que estaban ahorrando, después de tantos años de privaciones y esfuerzos habían cumplido su objetivo y ya podían disfrutar de ese dinero, pero todo había perdido su sentido.
Lentamente se puso el pijama, secándose las lágrimas y fue a preparar la cena.

La tarta languidecía como ella, descongelándose en su hermoso envoltorio de papel celofán rojo, sobre la mesa del salón.


Jacinto bajó a comerse su acostumbrado bocadillo a un parque cercano, pensó en todo lo que había hecho esos años desde que llegó del pueblo, todas las chicas con las que se había enrrollado, la cantidad de amigos que tenía, todos los planes que iba trazandoy sobre todo, la cantidad de dinero que había conseguido ahorrar, gracias al apoyo de sus tíos y de sus colegas de juergas, que con un poco de arte por su parte, siempre lograba que le invitasen.



Cuando terminó su comida se recostó en un banco al sol,
todavía  era joven, pero necesitaba descansar un poco después del exceso de la noche anterior, además era viernes y ya había quedado con sus colegas, para celebrar la vida con unos chispeantes mojitos y una buena dosis de rock and roll.



-Leo ¿has cerrado la llave del gas? No vaya a ser que haya una pequeña fuga y además de morirnos, llegue una factura póstuma muy elevada-dijo riéndose.
Cualquier día igual se me olvida cerrarla a mí y así se acabarían tantas penurias, pensó Carmen mientras se lavaba los dientes antes de irse a la cama.
-Sí, Carmen he cerrado el gas y también cerraré la llave de paso del agua cuando termines en el baño, así si acaso goteara algún grifo, no la malgastaríamos -contestó su marido desde la cocina.

Carmen ya no aguantaba más, había cumplido setenta años y nada había cambiado en su rutina diaria, ni viajes, ni tapitas en el bar
y mucho menos espectáculos.
Seguían comiendo pan descongelado del día anterior, consumiendo marcas blancas, ajustando al máximo el gasto de suministros, hasta el punto de encender la luz solo cuando anochecía del todo, lo que la había llevado a usar gafas de alta graduación. En invierno casi no ponían la calefacción, el agua de la ducha siempre estaba solo templada, para que gastase menos el calentador. Además hacía mucho tiempo que no usaban el coche, total no salían a ningún sitio y además así se ahorraban, como decía Leo, la gasolina y el seguro, todo un logro según él.
Todo ello formaba una larga lista de privaciones que hacían que su vida fuese muy desgraciada.
El sobre del dinero oculto en el doble fondo del armario iba aumentando cada día más con tanta austeridad, pero ya no contaban el dinero, ni lo celebraban, habían perdido el objetivo último que los llevó al ahorro y ya lo hacían por costumbre, una rutina donde no había lugar para la felicidad.
Con el paso de los días, Carmen se iba sintiendo cada vez más infeliz, su vida había perdido el sentido.

De tanto ser hormiga habían matado a la cigarra de la fábula y ya no habría más veranos.


-¡Jacinto tío tómate unas cañitas después del curro!- dijo su compañero Dani del trabajo.
-ok tío, esperadme abajo a las ocho -contestó Jacinto con una carcajada.
Había hecho muy buenos amigos en el trabajo, especialmente Dani tan enrrollao que casi siempre le pagaba las cañas.
Así su cuenta bancaria iba subiendo como la espuma.


El día amaneció soleado en la calle Destilerías número seis 4ªC, la luz entraba a raudales en la habitación de Leo y Carmen, pero ellos seguían en la cama con una plácida sonrisa, dibujada en sus rostros.

El fuerte olor a gas despertó a la vecina del 4ªA que llamó a la policía, la placidez de la mañana de verano se vio enturbiada por el ruido de las sirenas de policía, bomberos y Samur.
Llamaron a la puerta del 4ºC pero nadie contestó.
Tuvieron que tirar la puerta abajo.
La espita de gas silbaba alegre una canción de libertad,
los quemadores de la cocina estaban abiertos.
Los médicos certificaron que ese viaje sería el último y además gratis, pensaría Leo.
La policía buscó en los registros, no había familiares a los que avisar, por tanto, no habría tampoco herederos.
Cerraron la puerta de la vivienda de un portazo, el armario de la habitación del matrimonio se movió, pero su secreto seguía bien oculto.



-¡Jacin! ¡Jacin tío, no sabes de lo que me he enterado!
Hay un piso baratísimo en el barrio, me ha dicho un colega que ha salido a subasta por solo 75.000 pavos, habrá que reformarlo claro, pero es una ganga y además ya es hora de que te independices de tus tíos, ¿no? Ja ja ja.
Anda tronco gasta un poco de dinerito-le dijo Dani riendo.
-Pues sí chaval, esta misma tarde que libro me acerco con mis ahorrillos y lo pillo, ya verás las fiestas que nos vamos a correr allí-Contestó bailando Jacinto.
-Ok, pues mañana me cuentas-chao.
-Chao Dani.

Jacinto fue a la subasta, el piso ubicado en la calle Destilería número 6 4ºC no tuvo muchas pujas y finalmente se lo adjudicaron por 55.000 euros.
Cuando le dieron las llaves, se puso muy contento por ser propietario y llamó a sus amigos para que le invitaran a unos botellines para celebrarlo.

Al día siguiente con toda la resaca de la noche anterior, contrató a un equipo de operarios para comenzar la reforma y quedaron en la casa.
Estaba muy anticuada, por lo que tendrían que modernizarla, la semana siguiente empezaría la obra.

Cuando se fue el jefe de albañiles se dio una vuelta, tenía dos habitaciones pequeñas, un baño, una cocina, un saloncito y una terraza, no era grande pero por 55.000 euros que le había costado, estaba genial.

Buscó un espejo donde mirarse se iba de marcha y algo de polvo le había caído en los pantalones, se acordó de que en una de las habitaciones había un armario con espejo. Se acercó allí, pero tampoco estaba muy limpio, abrió la puerta del armario para buscar un trapo para limpiarlo y revolviendo entre bufandas olvidadas, descubrió algo abultado en su fondo.
Extendió la mano, notando así una superficie que estaba engrosada, empezó a tocarla sorprendido y cedió el mecanismo del doble fondo, con gran alegría descubrió un sobre lleno de dinero.
Lo cogió y se fue a toda prisa a casa de su tío a contarlo.

¡¡¡Eran 10.500 euros!!! No se podía creer su suerte, con ese dinero pagaría la reforma del piso.
Llamó a sus amigos para celebrar su suerte.

-Dani , tío reúne a los colegas, no te vas a creer lo que me ha pasado, me he encontrado en la casa un sobre con nada más y nada menos que 10.500 euros-dijo Jacinto eufórico.
-¡Increíble Jacin no me lo puedo creer!
-Sí tío, estaba en el doble fondo de un armario.
Vamos a celebrarlo Dani, quedamos a las nueve en el chino de las Rosas, pero cada uno se paga lo suyo ¿eh? Que yo tengo lo justito para la reforma.
-Ya te vale Jacin, podías estirarte un poco con los colegas que siempre estás igual- contestó Dani molesto.
-Ja, ja, ja, siempre la sueltas, tú sí que molas chaval, bueno nos vemos a las nueve, hasta luego.

Eufórico se duchó, arreglándose con mucho esmero, ya era un señor propietario.
Cogió lo justito para pagar su menú del restaurante.

Era joven,guapo y con suerte.


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