“Por las fuerzas de
esta noche mágica, acerco el amor verdadero hacia mí”
Ritual de Amor
LA NOCHE DE SAN JUAN
Era una
noche mágica, en ella podía pasar cualquier cosa, todo tenía cabida en su
entorno de misterio.
Sara despertó
temprano, haciendo un repaso de su vida escribió una gran lista, dispuesta a
quemarla en la mítica hoguera de San Juan, así se desharía por fin, de toda
aquella troupe, que “como en los tenebrosos rincones del cerebro”, de su autor
favorito, la acechaban, sin dejarla evolucionar.
Su vida, que
paradoja, si nunca había tenido vida propia, siempre sacrificada por los demás,
renunciando así misma.
Desde su
nacimiento en una fabela de contrachapado, había conocido lo que era la
privación. En verano el calor era insoportable allí dentro y en invierno el
vaho que exhalaba su cuerpo, contrastaba con el frío reinante en su interior.
Pero eso no
era lo peor, ella quería ir al colegio que estaba a hora y media de camino de
su casa, pero no tenía zapatos, ni ropa de abrigo para el invierno.
Pasaba el
tiempo entre nubes de mosquitos y desperdicios, jugando descalza en la calle.
Un día todo
cambió, un conocido de sus padres que vivía lejos, en un barrio rodeado de
jardines, la vio jugando y se interesó por ella, comprándole un par de zapatos
y ofreciéndose a llevarla al colegio en su coche deportivo.
Los padres
de Sara pensaban que su amigo de la parroquia era una buena persona y aceptaron
encantados su ofrecimiento.
Al principio
a Sara don Marcos le caía muy bien, ya que era muy amable con ella y le hacía
regalos, además ella nunca había montado en un coche y era una novedad.
En el
colegio aprendió a leer, sumar y multiplicar, hizo amigos, además podía comer
caliente todos los días.
La vida se
teñía de un rosa palo.
Así fueron
desgranándose los días, lánguidos y rutinarios, pero la felicidad puede ser
algo efímero.
Un día Sara
enfermó, acababa de cumplir trece años, cuando don Marcos fue a buscarla, ella
estaba en cama delirando de fiebre.
Rosita su
madre no pudo avisarle, ya que no tenían teléfono, pero él se mostró muy
preocupado y se empeñó en pasar a su habitación para verla, Rosita deudora de
tantos favores, no pudo negarse. Cuando se quedó solo con la niña, su ternura
se transformó en deseo.
Así la fue a
visitar a diario, llevándole bombones, muñecas y hasta comida para la familia,
Rosita y Leo los padres de Sara agradecidos, siempre le invitaban a achicoria.
El día que
el virus cedió y Sara despertó, se dio cuenta de que don Marcos exploraba sus
rincones secretos, llamó a gritos sus padres muy asustada, cuando estos
acudieron, pensaron que estaba aún delirando y se lo había imaginado todo,
permitiendo que don Marcos siguiera con sus visitas, aceptando también sus
valiosos regalos.
El día que
tuvo su primera regla, su inocencia fue manchada, la sangre virginal se
transformó en luna, mostrándole un nuevo camino.
Dolorida
llegó a su casa, se lavó llorando, asqueada, acordándose de lo que le había
hecho don Marcos, en un hatillo guardó sus dos únicos vestidos, su par de
zapatos y huyó hacia un destino incierto.
Esa noche
durmió en la calle, bajo un árbol, la mañana la sorprendió cubierta de rocío,
su alma transpiraba diamantes.
El sol
doraba un rostro marcado, pero entre la suciedad y las heridas, brillaba la
esperanza de lo incierto.
Se fundió
entre las olas de un mar cercano, bautizada a una nueva vida.
Así llegó a
Sao Paulo y comenzó su periplo por el mundo.
Encontró
trabajo en un bar de carretera, allí conoció a Óscar.
Su romance
fue rápido, desde la primera vez que él pidió huevos con alubias y cerveza, esa
misma mañana al pedir la cuenta, le pidió también su número de teléfono.
Al mes de
conocerse se fueron a vivir juntos, ella necesitaba un poco de calor, agua
corriente y algo más que una cobija detrás de la barra.
Compartieron
un minúsculo apartamento de treinta y cinco metros cuadrados, con la nevera en
el salón, un retrete minúsculo y una habitación pequeña y desangelada.
Por las
noches, en su entorno conyugal comenzaron los problemas, ella tomaba somníferos
para olvidar.
Su rutina la
marcaban los ciclos naturales de las estaciones, no era feliz, pero ¿quién lo
era? Su sombra de ojos malva, disimulaba sus cardenales, a nadie le importaba
su vida privada, solo le pedían sus clientes rapidez y cervezas a real.
Pero un buen
día todo cambió, alguien sí se interesó por ella y se sinceró tras un vaso de
ginebra.
A los quince
días se fue con Eduardo, sin mirar atrás, él le proporcionó un trabajo de
secretaria en su despacho y pudieron alquilar un piso con dos habitaciones en
un residencial. Se sentía respetada, pero era incapaz de dar el paso hacia el
amor carnal.
Por fin
llegó el día esperado, la noche más mágica del año.
Se levantó
muy contenta, cogió un conjunto de lencería negro de encaje, que le regaló
Eduardo, aún no lo había estrenado, se puso su vestido estampado preferido y sus zapatos
de tacón. Su pelo suelto le caía sobre los hombros, ondulado, libre.
Se roció con
su perfume preferido, intenso y chispeante.
Cogió la
guagua hacia su trabajo, la jornada transcurrió rápida, mientras sentía un
hormigueo en la tripa de incertidumbre y emoción.
Con la lista
de errores para quemar esa noche en el bolsillo, bajó dispuesta a coger un taxi
de vuelta, para no ensuciarse, cuando Eduardo la sorprendió esperándola en la
puerta con su moto. Sara le besó y se subió el vestido hasta la mitad del
muslo, para poder montarse, cuando apoyó los pies en los pedales, vio la mirada
traviesa de su novio y pudo ver su deseo brillando en sus pupilas, desde el
espejo retrovisor.
Mientras, su
mano acariciaba su terso muslo recién depilado, suave y perfumado con aceite de
argán.
La mano de
Eduardo fue ascendiendo buscando una cima más alta y caliente.
Rieron
divertidos, cómplices, ella le tomó la mano metiéndola en su encaje interior,
él sorprendido y excitado paró la moto en un parque cercano, vacío a las once de
la noche. La besó con pasión cayendo en el césped, donde rodaron encendidos,
mientras Sara exploraba zonas más abruptas y empinadas.
Probaron el
sabor de su piel, compartiendo sus dulces humores, en un primer acto pleno de
amor.
Respirando
agitadamente aún, se abrazaron, Sara se sintió por fin sanada de sus heridas,
amada y por primera vez saciada.
Eran ya las
doce menos cuarto, debían darse prisa, tenían que llegar a las doce en punto y
saltar la hoguera.
Se subieron
de nuevo a la moto, llegando a las doce menos cinco, la hoguera de San Juan era
enorme, muy alta su llama. A su alrededor ya se arremolinaban un gran número de
almas, riendo y con sus lista de despropósitos en la mano.
Eduardo
saltó primero, mientras ardía su lista sonreía, esperando a Sara al otro lado.
Sara miró la
gran llama rojiza, luminosa, apuntando al cielo, se vio reflejada y atraída por
su poder destructor.
Durante un
momento creyó oír una voz que la llamaba por su nombre, mientras el calor se
hacía cada vez más presente.
El reloj del
campanario de la Iglesia de Santa María Magdalena dio las doce, rompiéndose el
hechizo.
Con los
pelos de los brazos ya chamuscados, saltó al otro lado, allí la luz se hizo más
intensa.
Mientras se
elevaba por los aires, fluía con la brisa.
Ahora era libre de verdad.

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