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miércoles, 28 de mayo de 2014

LA NOCHE DE SAN JUAN






“Por las fuerzas de esta noche mágica, acerco el amor verdadero hacia mí”


Ritual de Amor
LA NOCHE DE SAN JUAN



Era una noche mágica, en ella podía pasar cualquier cosa, todo tenía cabida en su entorno de misterio.

Sara despertó temprano, haciendo un repaso de su vida escribió una gran lista, dispuesta a quemarla en la mítica hoguera de San Juan, así se desharía por fin, de toda aquella troupe, que “como en los tenebrosos rincones del cerebro”, de su autor favorito, la acechaban, sin dejarla evolucionar.

Su vida, que paradoja, si nunca había tenido vida propia, siempre sacrificada por los demás, renunciando así misma.
Desde su nacimiento en una fabela de contrachapado, había conocido lo que era la privación. En verano el calor era insoportable allí dentro y en invierno el vaho que exhalaba su cuerpo, contrastaba con el frío reinante en su interior.
Pero eso no era lo peor, ella quería ir al colegio que estaba a hora y media de camino de su casa, pero no tenía zapatos, ni ropa de abrigo para el invierno.
Pasaba el tiempo entre nubes de mosquitos y desperdicios, jugando descalza en la calle.

Un día todo cambió, un conocido de sus padres que vivía lejos, en un barrio rodeado de jardines, la vio jugando y se interesó por ella, comprándole un par de zapatos y ofreciéndose a llevarla al colegio en su coche deportivo.
Los padres de Sara pensaban que su amigo de la parroquia era una buena persona y aceptaron encantados su ofrecimiento.
Al principio a Sara don Marcos le caía muy bien, ya que era muy amable con ella y le hacía regalos, además ella nunca había montado en un coche y era una novedad.
En el colegio aprendió a leer, sumar y multiplicar, hizo amigos, además podía comer caliente todos los días.
La vida se teñía de un rosa palo.

Así fueron desgranándose los días, lánguidos y rutinarios, pero la felicidad puede ser algo efímero.

Un día Sara enfermó, acababa de cumplir trece años, cuando don Marcos fue a buscarla, ella estaba en cama delirando de fiebre.
Rosita su madre no pudo avisarle, ya que no tenían teléfono, pero él se mostró muy preocupado y se empeñó en pasar a su habitación para verla, Rosita deudora de tantos favores, no pudo negarse. Cuando se quedó solo con la niña, su ternura se transformó en deseo.

Así la fue a visitar a diario, llevándole bombones, muñecas y hasta comida para la familia, Rosita y Leo los padres de Sara agradecidos, siempre le invitaban a achicoria.
El día que el virus cedió y Sara despertó, se dio cuenta de que don Marcos exploraba sus rincones secretos, llamó a gritos sus padres muy asustada, cuando estos acudieron, pensaron que estaba aún delirando y se lo había imaginado todo, permitiendo que don Marcos siguiera con sus visitas, aceptando también sus valiosos regalos.

El día que tuvo su primera regla, su inocencia fue manchada, la sangre virginal se transformó en luna, mostrándole un nuevo camino.
Dolorida llegó a su casa, se lavó llorando, asqueada, acordándose de lo que le había hecho don Marcos, en un hatillo guardó sus dos únicos vestidos, su par de zapatos y huyó hacia un destino incierto.

Esa noche durmió en la calle, bajo un árbol, la mañana la sorprendió cubierta de rocío, su alma  transpiraba diamantes.
El sol doraba un rostro marcado, pero entre la suciedad y las heridas, brillaba la esperanza de lo incierto.
Se fundió entre las olas de un mar cercano, bautizada a una nueva vida.

Así llegó a Sao Paulo y comenzó su periplo por el mundo.

Encontró trabajo en un bar de carretera, allí conoció a Óscar.
Su romance fue rápido, desde la primera vez que él pidió huevos con alubias y cerveza, esa misma mañana al pedir la cuenta, le pidió también su número de teléfono.
Al mes de conocerse se fueron a vivir juntos, ella necesitaba un poco de calor, agua corriente y algo más que una cobija detrás de la barra.
Compartieron un minúsculo apartamento de treinta y cinco metros cuadrados, con la nevera en el salón, un retrete minúsculo y una habitación pequeña y desangelada.

Por las noches, en su entorno conyugal comenzaron los problemas, ella tomaba somníferos para olvidar.
Su rutina la marcaban los ciclos naturales de las estaciones, no era feliz, pero ¿quién lo era? Su sombra de ojos malva, disimulaba sus cardenales, a nadie le importaba su vida privada, solo le pedían sus clientes rapidez y cervezas a real.

Pero un buen día todo cambió, alguien sí se interesó por ella y se sinceró tras un vaso de ginebra.

A los quince días se fue con Eduardo, sin mirar atrás, él le proporcionó un trabajo de secretaria en su despacho y pudieron alquilar un piso con dos habitaciones en un residencial. Se sentía respetada, pero era incapaz de dar el paso hacia el amor carnal.

Por fin llegó el día esperado, la noche más mágica del año.

Se levantó muy contenta, cogió un conjunto de lencería negro de encaje, que le regaló Eduardo, aún no  lo había estrenado, se puso  su vestido estampado preferido y sus zapatos de tacón. Su pelo suelto le caía sobre los hombros, ondulado, libre.
Se roció con su perfume preferido, intenso y chispeante.

Cogió la guagua hacia su trabajo, la jornada transcurrió rápida, mientras sentía un hormigueo en la tripa de incertidumbre y emoción.
Con la lista de errores para quemar esa noche en el bolsillo, bajó dispuesta a coger un taxi de vuelta, para no ensuciarse, cuando Eduardo la sorprendió esperándola en la puerta con su moto. Sara le besó y se subió el vestido hasta la mitad del muslo, para poder montarse, cuando apoyó los pies en los pedales, vio la mirada traviesa de su novio y pudo ver su deseo brillando en sus pupilas, desde el espejo retrovisor.
Mientras, su mano acariciaba su terso muslo recién depilado, suave y perfumado con aceite de argán.
La mano de Eduardo fue ascendiendo buscando una cima más alta y caliente.
Rieron divertidos, cómplices, ella le tomó la mano metiéndola en su encaje interior, él sorprendido y excitado paró la moto en un parque cercano, vacío a las once de la noche. La besó con pasión cayendo en el césped, donde rodaron encendidos, mientras Sara exploraba zonas más abruptas y empinadas.
Probaron el sabor de su piel, compartiendo sus dulces humores, en un primer acto pleno de amor.
Respirando agitadamente aún, se abrazaron, Sara se sintió por fin sanada de sus heridas, amada y por primera vez saciada.

Eran ya las doce menos cuarto, debían darse prisa, tenían que llegar a las doce en punto y saltar la hoguera.
Se subieron de nuevo a la moto, llegando a las doce menos cinco, la hoguera de San Juan era enorme, muy alta su llama. A su alrededor ya se arremolinaban un gran número de almas, riendo y con sus lista de despropósitos en la mano.

Eduardo saltó primero, mientras ardía su lista sonreía, esperando a Sara al otro lado.

Sara miró la gran llama rojiza, luminosa, apuntando al cielo, se vio reflejada y atraída por su poder destructor.
Durante un momento creyó oír una voz que la llamaba por su nombre, mientras el calor se hacía cada vez más presente.

El reloj del campanario de la Iglesia de Santa María Magdalena dio las doce, rompiéndose el hechizo.
Con los pelos de los brazos ya chamuscados, saltó al otro lado, allí la luz se hizo más intensa.

Mientras se elevaba por los aires, fluía con la brisa.


 Ahora era libre de verdad.



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